El viaje de Raffaele Sardella por Latinoamerica

Raffaele Sardella recorrió once países en nueve meses con el objetivo de llegar a México para una entrevista laboral. Su travesía quedó plasmado en un libro de viaje

Cuando a Raffaele Sardella se le terminó su contrato de trabajo en Argentina, comenzó a buscar un nuevo puesto en el exterior del país, como forma de ampliar sus horizontes. Este biólogo, recibido en la Universidad de Buenos Aires y con un doctorado en Neurociencias en Barcelona, recibió entonces una oferta de un laboratorio mexicano. “El lugar tiene todo lo que una persona como usted busca para desarrollarse, pero quiero que nos conozca”, le dijeron.

La entrevista laboral suponía, entonces, viajar al país del norte y eso decidió hacer Raffaele. Pero contra todos los pronósticos, este científico no compró un pasaje directo desde Ezeiza al Distrito Federal, si no que hizo cuentas, alquiló su departamento en Buenos Aires y se largó a viajar hacia México como mochilero, a través de distintos países del continente americano.

Raffaele Sardella recorrió Bolivia, Brasil, Venezuela, Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala, Belice y México, con poca plata y conociendo el interior profundo de cada uno de esos lugares, sus gentes y sus culturas.

Atravesó ciudades y aldeas, ríos y selvas. Se zambulló en cascadas, exploró profundas grutas y conoció nuevos compañeros de viaje. Además, visitó chamanes en poblados indígenas, probó sustancias alucinógenas, zafó de ser estafado y durmió en una habitación que alguna vez ocupó el Che Guevara. También convivió con hippies en una cuasi armoniosa comunidad y fue diplomáticamente rechazado en un poblado menonita. Todo eso en nueve meses.

Mientras viajaba, Raffaele alternaba su faceta de aventurero con su profesión de científico. Cuando encontraba algo de tranquilidad, conseguía una red de wifi o un lugar para enchufar su computadora, seguía en contacto con dos de sus compañeros en Buenos Aires para poner a punto un artículo que buscaban publicar en una revista científica. El trabajo que explica la actividad de las neuronas de la corteza prefrontal del cerebro y cómo éstas se coordinan con otras neuronas, antes y después de la adolescencia, le iba a servir como antecedente a la hora de presentarse a la entrevista en México.

El resultado de su travesía es un libro en el cual Raffaele Sardella plasmó su diario de viaje. El texto, una recopilación de crónicas plagadas de anécdotas, está narrado en un tono ágil y humorístico, que parte de un análisis científico, casi antropológico de lo que iba vivenciando, para finalizar en una mirada más humana sobre las vicisitudes que tuvo que afrontar durante su periplo. Un recomendable texto, irónico y ameno, que no cae en el lugar común de los clásicos libros de viaje. Conversaron con el autor para conocer un poco más sobre su aventura:

¿Por qué qué decidiste ir a la entrevista atravesando el continente?

Yo tenía que terminar una serie de experimentos para la investigación que íbamos a presentar para la revista, pero lo podía hacer tranquilamente con una computadora y, como siempre me gustó viajar y quería hacerlo, aproveché para encarar las dos cosas. La publicación de ese trabajo no era obligatorio, pero me iba a servir para llegar mejor preparado porque era un laboratorio muy prestigioso.

¿Era la primera vez que encarabas un viaje de esa magnitud y forma?

Siempre me gustó viajar como mochilero, pero nunca había hecho un viaje tan largo. Me había tomado un mes o dos, lo que me podía pedir de vacaciones. Pero siempre estaba esa fantasía de poder viajar por más tiempo, cuando terminase la carrera o entre la carrera y el doctorado, pero por una cosa u otra lo iba posponiendo.

¿Antes de salir, tenías todo el viaje planeado o fuiste cambiando el itinerario?

La verdad es que quería llegar a México y sabía más o menos por dónde quería ir, pero la idea era planear lo menos posible. Dejarlo librado -sobre todo cuando viajás solo- a la gente que vas conociendo y sumando a tu viaje. También trato de alejarme de los caminos más obvios, porque es donde encuentro las cosas que más me llaman la atención. Siempre intento llegar un poco más allá del final del camino, digamos.

¿Cómo surgió la idea de escribir el libro?

Lo del libro surgió mucho después. La verdad es que no salí con la idea de escribir nada, pero ya desde los primeros días en Bolivia, comencé a mandar mails a mis padres, a mis hermanos y amigos contando dónde estaba y qué hacía. Empecé a publicar más cosas en facebook y después armé un blog, entonces cada vez tenía más facilidades para contar lo que iba viviendo. Nunca fue la intención, pero se fue dando, me fue gustando y enganchando cada vez más, y buena parte del viaje empezó a pasar por escribir. Así como sacar fotos te condiciona la mirada, yo empecé a ver -desde lo narrativo- otras cosas que quizá no hubiera visto nunca.

¿Qué fue lo que más te impactó del viaje, los recuerdos más fuertes que te trajiste?

En el amazonas venezolano visité una tribu de indios Piaroa, que consumen una droga alucinógena bastante extraña que es el yopo y esa experiencia fue algo muy loco, me gustó mucho. Después, tal vez otro de los momentos que recuerdo mucho fue el cruce de América del Sur a Centroamérica. Allí no hay carreteras y no es tan fácil llegar si no es en avión o en velero. Yo fui viajando en barcos cargueros a través de unas islas a donde viven los indios Kuna. Eran caminos bastante inaccesibles y poco transitados. Son comunidades tan aisladas que mantienen mucho sus tradiciones y viajar de esa manera te permite ir interactuando con ellos y aprendiendo sus costumbres.

¿Y en algún momento sufriste el viaje y te preguntaste qué hacías ahí?

En todo viaje hay momentos medio críticos y yo sabía que eso iba a pasar porque ya me había sucedido con anterioridad. Uno arranca con una excitación total, pero a los 15 días aparece una crisis y después hay otra como a los tres meses donde decís “me quiero volver a casa”. Pero siempre tengo voluntad para seguir porque sé que no me voy a arrepentir. Durante el viaje, por ejemplo, nos intentaron asaltar en Guatemala, apuntándonos con un arma desde una camioneta, y el conductor de nuestro vehículo también sacó una pistola y fue una situación tensa. O me pasó de no poder dormir durante las noches por haberme alojado en lugares muy baratos y uno ahí puede extrañar su cama o su inodoro. Hay momentos estresantes pero mezclados entre tantas situaciones buenas que finalmente se transforman en anécdotas.

Algo que se reitera en el libro es una “obsesión” por investigar grutas, ¿a qué se debe?

A mí también me llamó la atención, me sorprendí a mí mismo. Había ingresado a una vez a una gruta en España, con unas amigas y ahí nos encontramos a un hombre que nos guió y me gustó mucho la experiencia. Y sí, es algo medio inconsciente ir a oscuras con una sensación casi claustrofóbica al principio, pero ese temor después se disipa y uno continúa por curiosidad tratando de llegar siempre al límite del camino.

Raffaele Sardella

Raffaele Sardella

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